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Renacer

martes, 25 de septiembre de 2018

Tierra ajena




C
asas de horcones retorcidos, con techos de paja y algunas tablas viejas, de vez en cuando una lámina de zinc oxidada desarmoniza el paisaje. Patios grandes, tan grandes hasta donde pueden correr algunos pequeños pies descalzos; patios que pertenece a nadie, y lo posen todos.
Humo es lo que se respira cuando en una olla negra se guisa una gallina que hace pocos instantes rebuscaba desechos en el patio trasero. Es la hora de la comida y aún no arde aquel fuego, la leña está húmeda, y se niega a quemarse. Las llamas son ahogadas por siluetas ennegrecida que recuerdan un fantasma y auguran el porvenir.
Una voz grave anuncia su presencia, en algunos causa respeto en otros temores, ronca con su garganta esperando sentado sobre un rústico taburete. Su sombrero ya no es de lona, es más bien tierra y sudor.
Con la mirada perdida en la arboleda, espera por unos minutos a que sea servido aquel guiso de gallina.
 El “tic tac” de un desgastado reloj hace más desesperante aquella espera, no es solo el hambre lo que molesta, es también el abrumante trabajo que castiga la espalda y las manos de este jornalero. Es la rutina la que golpea con fuertes patadas, es la evaporación de la esperanza lo que retumba.
No deja de pensar en aquello, su mente está sumergida en lo que podría pasar, está ahogada y ya no tiene aliento. Pues un mensaje le había llegado mediante una voz solitaria que apareció como sombra detrás del sembradío de plátano, era don Artavia, quien con voz agitada y un poco temblorosa le informaba que los oficiales habían despojado de la tierra a su otro vecino, ya la orden estaba dada, dada por un personaje sin escrúpulos detrás del escritorio de la corte. Había declarado ilegal la posesión de las tierras, tenía que salir de ahí; el esfuerzo de tres años que parecían siglos se había perdido. En cualquier momento llegaban, incluso el ruido más leve infundía temor, podía ser los oficiales, los uniformados. Que por las espesas arboledas bajarían hasta el llano, encontrarían la cabaña y golpearían la puerta.
Y de pronto, de pronto un   golpe se escucha en su mesa y un calor intenso llega al rostro de este hombre con la mirada perdida, era la cazuela del guiso de gallina, que despertaba el hambre con su aroma particular. Unos cuantos sorbos hacia olvidar las penas y prometía entusiasmo.
 Pero como fantasmas habían llegado, golpeaban la puerta, y exigía abrirla, por fin los uniformados, los que roban esperanza, los que quebrantan vidas, los que no tienen corazón…
Los semblantes alrededor de la masa se oscurecieron como la más negras de las noches, desfallecía sus anhelos y lloraban por dentro...
Solitaria quedo la cacerola con el guiso de gallina, aún está el aroma en el viento, aun una pequeña llama moribunda bailotea en medio de la húmeda leña.    

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