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asas de horcones retorcidos,
con techos de paja y algunas tablas viejas, de vez en cuando una lámina de zinc
oxidada desarmoniza el paisaje. Patios grandes, tan grandes hasta donde pueden
correr algunos pequeños pies descalzos; patios que pertenece a nadie, y lo
posen todos.
Humo es lo que se respira
cuando en una olla negra se guisa una gallina que hace pocos instantes
rebuscaba desechos en el patio trasero. Es la hora de la comida y aún no arde
aquel fuego, la leña está húmeda, y se niega a quemarse. Las llamas son
ahogadas por siluetas ennegrecida que recuerdan un fantasma y auguran el
porvenir.
Una voz grave anuncia su
presencia, en algunos causa respeto en otros temores, ronca con su garganta
esperando sentado sobre un rústico taburete. Su sombrero ya no es de lona, es
más bien tierra y sudor.
Con la mirada perdida en la
arboleda, espera por unos minutos a que sea servido aquel guiso de gallina.
El “tic tac” de un desgastado reloj hace más desesperante
aquella espera, no es solo el hambre lo que molesta, es también el abrumante
trabajo que castiga la espalda y las manos de este jornalero. Es la rutina la
que golpea con fuertes patadas, es la evaporación de la esperanza lo que
retumba.
No deja de pensar en aquello,
su mente está sumergida en lo que podría pasar, está ahogada y ya no tiene
aliento. Pues un mensaje le había llegado mediante una voz solitaria que
apareció como sombra detrás del sembradío de plátano, era don Artavia, quien
con voz agitada y un poco temblorosa le informaba que los oficiales habían
despojado de la tierra a su otro vecino, ya la orden estaba dada, dada por un
personaje sin escrúpulos detrás del escritorio de la corte. Había declarado
ilegal la posesión de las tierras, tenía que salir de ahí; el esfuerzo de tres
años que parecían siglos se había perdido. En cualquier momento llegaban,
incluso el ruido más leve infundía temor, podía ser los oficiales, los
uniformados. Que por las espesas arboledas bajarían hasta el llano,
encontrarían la cabaña y golpearían la puerta.
Y de pronto, de pronto un golpe se escucha en su mesa y un calor
intenso llega al rostro de este hombre con la mirada perdida, era la cazuela
del guiso de gallina, que despertaba el hambre con su aroma particular. Unos
cuantos sorbos hacia olvidar las penas y prometía entusiasmo.
Pero como fantasmas habían llegado, golpeaban
la puerta, y exigía abrirla, por fin los uniformados, los que roban esperanza,
los que quebrantan vidas, los que no tienen corazón…
Los semblantes alrededor de la
masa se oscurecieron como la más negras de las noches, desfallecía sus anhelos
y lloraban por dentro...
Solitaria quedo la cacerola
con el guiso de gallina, aún está el aroma en el viento, aun una pequeña llama moribunda
bailotea en medio de la húmeda leña.
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