La única fuente de luz natural es una vieja ventana sostenida por un descascarado y ruin marco de madera casi
desecho. Funciona como canal que comunica al mundo exterior.
Empañadas son las imágenes que en algunos
momentos se filtran por cada vidrio. Muy
a menudo un hilo de agua resbala en forma continua por el extremo izquierdo del
marco.
Son gotas incesantes que
marcan un tormento, cuando las miras las cuenta, cuando las dejas de ver las
escuchas y también las cuentas.
En la esquina opuesta del
habitáculo un objeto en forma de llave oxidada cuelga de la pared…
No hay otra cosa que hacer, contemplar la luz
que con esfuerzo entra por la ventana, es solo adivinar la forma de las sombras
que se reflejan en la muralla. Es un mundo gris, donde falta el color, el
movimiento y dinamismo.
Es la cárcel, es el calabozo,
que retiene a un alma amargada, donde los recuerdos oprimen y las desventuras
asedian. No es un cuerpo…. es un alma, un alma que no perdona, un alma que se alimenta
de una luz de venganza, y ve escasamente siluetas que recuerdan su infortunio,
donde el agua no sacia, más bien abruma; y donde el cuerpo es reflejo fiel de
su martirio. Cuyo dolor desgasta, mancilla e insulta.
La tortura más grande es
negarse a emplear… a usar aquel pequeño objeto colgado en la otra
esquina. Ahí está, con gran paciencia espera, pero no es tomado en cuenta, su
nombre… su nombre es “perdón”.
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