Una enramada habitada de líquenes, ausente de hojas y un poco
frágil, es lo que me oculta de la mirada incesante del depredador.
En silencio, inmóvil, continúo
por minutos, el latido del corazón ahora es imperceptible, la respiración es débil,
y cada movimiento se bloqueó. Es un estado inerte, donde el único pensamiento
es salir ileso. El deseo más grande es poseer el mágico poder del camaleón.
Un sonido leve, es el aleteo de una pequeña ave que desvía la
mirada de la fiera, distrae sus intenciones, la tensión baja, pero no tanto. Aún
está de frente, se empeña en buscarme, ahora sus pupilas se ensanchan se direccionan
hacia mí. La esperanza se aleja, y se fusiona con el horizonte.
Toca fuerte a la puerta la resignación, aceptar las condiciones,
desmayar y sumisamente dejar que invada la tragedia, solo nos separa una minúscula
fracción de tiempo para que esto suceda.
Inexplicablemente pierde el interés ya no me mira, ahora se aleja,
y desaparece en la vegetación.
Sin esperanza, sin tiempo, si escondite, y frente a la fiera,
sus fauces no me hicieron daño, extraño, pero real.
De nuevo el revoloteo de la pequeña ave, ahí está, y parece
que quiere decirme algo, no puede hablar, pero su danza parece festejar conmigo,
y sus alas alejaron la fiera.
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