Solamente un
pedazo de papel, solamente un cuento de lugareños, solamente un soplo fino y audaz
al oído del desesperado, sí eso es, eso es la leyenda, que se convierte en
realidad en las mentes de los despojados de fe, en los cuerpos cuyo rostro no
se dejan ver.
Es la leyenda
la que trae temores, provoca entusiasmo y alivia al supersticioso. No es más;
es tan solo una leyenda la que se cola por las ventanas de la mente y los
deseos de los desposeídos; los que busca acción, y los que encuentran sustento
en sus pensamientos.
No se pude
tocar, es tan solo un pensar que deja toda ilusión sin ser realidad.
La leyenda,
sí; esa leyenda que llega a los pueblos y aldeas para no dejarla jamás, es la
que da el misterio, el valor a aquel pueblo.
La leyenda no
se hace, se recrea en las almas deseosas de un acontecer, en las mentes del que
cree mucho sin creer en nada. La leyenda es vacía, se va cuando no la dicen,
cuando no la creen y cuando la dejan morir.
La leyenda
escribe un epitafio en la tumba fría de las mentes intelectuales, pero se
alimenta de quienes por su condición traen a sus recuerdos historias de abuelos
sin ninguna razón. Aquí, aquí la leyenda surge para subsistir a través de
largas generaciones.
Y de vez en
cuando, de vez en cuando hace inclinar el oído del poseedor de aquella mente
afinada. Sí, todo eso hace la leyenda, que se cuaja en el espanto de la noche,
cuya realidad se resume en tan solo sombras.
No hay
leyenda sin mentes, no hay leyenda sin historias, no hay leyenda que se hagan
solas. Es la producción de la mente vacía que ve en el cantar del viento un
motivo, que encuentra en el arrullo del rio una razón, y que siente en el
vaivén del ave un misterio.
Por tanto, no
se puede creer, no se debe olvidar, pero se debe saber que cada rincón de la
tierra es un mundo; que se encuentra aislado por la leyenda. Que deja a todo
visitante con la intriga, y al escéptico con descontento
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