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Renacer

lunes, 27 de agosto de 2018

La leyenda



Solamente un pedazo de papel, solamente un cuento de lugareños, solamente un soplo fino y audaz al oído del desesperado, sí eso es, eso es la leyenda, que se convierte en realidad en las mentes de los despojados de fe, en los cuerpos cuyo rostro no se dejan ver.
Es la leyenda la que trae temores, provoca entusiasmo y alivia al supersticioso. No es más; es tan solo una leyenda la que se cola por las ventanas de la mente y los deseos de los desposeídos; los que busca acción, y los que encuentran sustento en sus pensamientos.
No se pude tocar, es tan solo un pensar que deja toda ilusión sin ser realidad.
La leyenda, sí; esa leyenda que llega a los pueblos y aldeas para no dejarla jamás, es la que da el misterio, el valor a aquel pueblo.
La leyenda no se hace, se recrea en las almas deseosas de un acontecer, en las mentes del que cree mucho sin creer en nada. La leyenda es vacía, se va cuando no la dicen, cuando no la creen y cuando la dejan morir.
La leyenda escribe un epitafio en la tumba fría de las mentes intelectuales, pero se alimenta de quienes por su condición traen a sus recuerdos historias de abuelos sin ninguna razón. Aquí, aquí la leyenda surge para subsistir a través de largas generaciones.
Y de vez en cuando, de vez en cuando hace inclinar el oído del poseedor de aquella mente afinada. Sí, todo eso hace la leyenda, que se cuaja en el espanto de la noche, cuya realidad se resume en tan solo sombras.
No hay leyenda sin mentes, no hay leyenda sin historias, no hay leyenda que se hagan solas. Es la producción de la mente vacía que ve en el cantar del viento un motivo, que encuentra en el arrullo del rio una razón, y que siente en el vaivén del ave un misterio.
Por tanto, no se puede creer, no se debe olvidar, pero se debe saber que cada rincón de la tierra es un mundo; que se encuentra aislado por la leyenda. Que deja a todo visitante con la intriga, y al escéptico con descontento

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